miércoles, 29 de mayo de 2013

La Amapola Roja (3)

Nunca, me lo prometí a mi misma, nunca. Ese era el trato que yo rompí hace cuatro meses y ahora pagaba sus consecuencias. El dolor en el pecho y la sensación de ahogo cuando se lo dije no me engañaba pero mi padre había sido muy claro, o lo hago yo o lo haría él y sabía perfectamente que sus métodos no eran los mejores.
Mientras me cepillaba el pelo esa mañana entró mi madre y a través del espejo note esa tristeza en sus ojos, enrojecidos por las lágrimas que no la dejaron dormir anoche. No hizo falta decir nada, simplemente cogió el cepillo y continuó ella por la parte de atrás.
Siempre había sido yo la más fuerte de las dos pero también la más insensata, sabía perfectamente que era la hija del califa de Córdoba y esos comportamientos no estaban bien pero el sudor cuando le veía y las mariposas cuando me rozaba el hombro con los tallos de las flores eran imposibles de evitar. Cuando me dijo que no me creía dolía, dolía mas de lo cualquier persona pudiera imaginar, era como si una gigantesca mano me oprimiera el corazón con tal fuerza que me dejaba sin respiración, todavía me dolían los castigos de anoche sin embargo debía protegerle, mantenerlo a salvo de él.
Pero justo cuando estaba a punto de mirarle y derrumbar el muro, algo explotó. No fue muy lejos pero tembló toda la calle y miles de gritos se empezaron a oír por todas partes, a la vez que una multitud de hombre con antorchas ardiendo corrían en nuestra dirección. Los niños se soltaron de sus madres y empezaron a llorar pero el chasquido de los huesos crujiendo bajo los pies de todos los causantes asustaba más que cualquier guerra que hubiéramos podido imaginar. Kamel se dio cuenta que iba hacia la casa del visir con lanzas en las manos y me abrazo pero alguien tiro de mi antes de que pudiera protegerme.

Todo pasa rápido cuando mueres, nada importa, solo pensaba en el tiempo malgastado que pudiera haber pasado con él. Intente levantarme pero un liquido rojo brotaba de mi cintura, justo en el mismo lugar donde el filo del puñal relucía, demasiado tarde, demasiado tarde…

martes, 28 de mayo de 2013

La Amapola Roja. (2)


Me había pasado toda esa noche sin dormir, recordando cada movimiento de sus labios, cada destello del sol en sus ojos mientras se giraba buscando flores o cada vuelo que el viento hizo levantar su largo y rosado vestido, podría volver a verla y revivir cada preciado recuerdo. Sabía que ella me esperaría frente a la enorme y dorada puerta, pensando en que horrible llevaba el pelo hoy o en cómo mis manos recorrerían sus mejillas irisadas por la emoción a la vez que intentaba acordarse de la primera vez que me besó, esa noche de viernes debajo del naranjo de su jardín, de la primera vez que su corazón se altero a verme o de la primera vez que se soltó el pelo imaginando lo mal que pensarían de ella sus hermanas.
Como cada viernes por la mañana ella llevaba una amapola roja entre los dedos y se protegía los ojos del sol que comenzaba a picar en la piel buscando la otra amapola roja entre los mercaderes y cada vasija de cerámica que inundaba los puestos.
Entramos lo más rápido posible, mientras su velo se ondulaba con la carrera y atravesábamos cada una de las naves del haram, con su doble arcada de ladrillos rojos y blanco, incluso las letras del alfabeto musulmán de la qibla se difuminaban mientras corríamos y las hojas de los capiteles se balanceaban a la vez que la luz perfilaba las siluetas de las personas que rezando cantaban versos del Corán y con cada uno levantaban la vista hacia el mihrab. Nos refugiamos detrás de una de las columnas corintias y mientras me acariciaba los oscuros mechones, el arco de herradura nos ocultaba al mundo. Me besó aceleradamente, trasmitiendo cada gota de amor que la quedaba en el cuerpo, expulsando el deseo que había guardado desde la última semana, yo intentaba que ningún soplo de aire se colara entre nosotros, intentaba guardar su olor a vainilla y a flor de azahar como si fuese la última vez que pudiera tenerla entre mis brazos.

Todo  eso quedaba tan atrás, que ya no recordaba ni el sol filtrándose por entre las caladuras del muro, ni siquiera los colores que el atardecer reflejaba en el río, ni siquiera recordaba que día fue el que lo cambió todo, ni el porque.
Amaneció normal, como cualquier viernes. Antes de ir a su encuentro cogí una de las pocas amapolas que quedaban, el viento comenzaba a ser frío y húmedo, y el sol ya no se escondía tarde sino que pronto desaparecía.  Se decía que todo eso predecía algo malo, que los caballos no rechinaban por un cambio de estación. Ahora que intento recordar cada detalle era un día normal y a la vez diferente, cuando la vi frente a la puerta llevaba recogido el pelo y un largo velo negro carbón la cubría la cara y no llevaba ninguna flor en su mano, fue entonces cuando se me encogió el corazón.
-Kamel, lo siento. Ha llegado el día.- mantenía la cabeza mirando al suelo de piedra
-¿El día? ¿A que te refieres Alía? Todavía no has cumplido los dieciséis-
-Es el día que he dejado de quererte, lo siento pero ya no puedo fingir más- seguía mirando abajo. Fue justo con esas palabras con las que deje de vivir.
-No te creo, se que estas ocultándome algo, se que todo eso son mentiras envenenadas. Mírame y dímelo ahora mas no te creo- Nada más levantar la mirada se oyó una explosión.

martes, 21 de mayo de 2013

La Amapola Roja (1)


El viento del mediodía mecía suavemente las rojas amapolas con sus translucidos y amarillentos pétalos coloridos por el brillo del sol de un día 24 de julio.  Sus delicadas manos se deslizaban con suavidad entre los infinitos ejemplares de flores: peonías silvestres de color rosa y amarillo, buganvillas con más 100 pétalos lilas, azules y amarillos, y la planta del ceibo con su tan vivo color rojo y cuando se impulsaba de puntillas intentando alcanzar las flores del árbol Júpiter, estirando su blanco brazo hacia ellas.
Iba arrancando primorosamente cada fino pétalo de las flores y uniéndolos mediante una delgada brizna de hierba formando una cadena de distintos colores, que después se colocaba en su cabello, acariciado por el viento cálido sus mechones color ceniza ondulados por los recogidos que solía hacerse para ir a la oración cada viernes. La observaba atentamente mientras ella, sentada entre sus padres en la maqsura, se arrodillaba cada vez que el Imán leía el Corán.

Tenía varios nombres, aunque mi preferido era el tercero: Suha que significaba estrella. Alía Amira Suha Muhammad hija del duodécimo califa, Hisham III. Todo el mundo sabía su nombre y quién era, pero eso nunca me importó, desde el primer día que vi brillar sus ojos de color esmeralda lo supe.

-¡Kamel, Kamel! Vente, aprisa.- gritaba desde uno de los extremos del jardín del Shan, donde solíamos pasar las tardes de los días de verano.
-¿Qué ocurre Alía? ¿No te habrá atacado una serpiente de cola verde?- decía mientras atravesaba por entre las flores y las fuentes, intentando a su vez esquivar a los cientos de hombres con los que se estaba llenando el patio
-No no, es solo un petirrojo que estaba posado en la rama del árb...- pero en ese momento todo se quedó en silencio y ella giró la cabeza hacía el gigantesco minarete que había empezado a emitir un sonido agudo mientras ella hablaba. Entonces me miró de nuevo y justo cuando fui a abrir la boca para despedirme poso su dedo corazón sobre mis labios mientras sonreía tímidamente, con su mano izquierda buscó la mía y al entrelazar los dedos por entre los míos alguien gritó su nombre y salió corriendo a través de las columnas que daban al interior de la mezquita. 


Elisabeth (4)

CAPITULO 4

Quiero verlo, necesito verlo. Llevo más de un mes aquí y no lo he vuelto a ver. No ha habido ningún avance alemán. Se que huye de mi. ¿Cuánto tiempo estaremos aquí? Hace dos días que no comemos.  
Decido ordenar los utensilios de medicina, me decido a bajar y entonces noto su respiración en mi cuello y su dedo sube por mi espalda. Me giro y lo miro directamente a sus ojos azulados, entonces me besa. No lo soporto más y me dejo llevar, noto su boca en mi boca y todos sus pensamientos pasan a unirse con mis pensamientos, su corazón late al mismo tiempo que mi corazón, y el tiempo se detiene. Después se separa de mí y me dice una palabra, una sola palabra antes de que todo acabe:
-Te quiero.-

FIN

lunes, 20 de mayo de 2013

Ilusiones.

¿Podremos acaso llegar alguna vez a conocer los pensamientos, los verdaderos sentimientos que se esconden bajo capas de pintura, podremos alguna vez derribar los muros del corazon? Yo creo que si pero ¿qué nos quedaría sin eso? Esperanzas, ilusiones de que lo que pasa por nuestra mente al verle sea lo mismo que por la suya, de que los abrazos son serios y no un modo de que nos callemos, de que los tantos "te quiero" mandados a las once de la noche sean reales. Puede que dudemos, tentemos a la suerte o lanzemos una moneda para saber que hacer, que nos arriesguemos sin estar seguros pero ¿que perdemos al decir que no cuando existe la posibilidad de un si enorme?
Nada y en eso se basa el amor, en apostar como si de poker se tratase, intentando averiguar lo que el otro piensa.

domingo, 19 de mayo de 2013

Elisabeth (3)

CAPITULO 3 

Ya era de día, el silencio reinaba en el hospital. Los gemidos de anoche desaparecieron. Las camillas se habían teñido de rojo, las enfermeras se llevaban los cuerpos a la superficie y los introducían en los camiones para llevarlos a la ciudad. Estar allí era asfixiante; subí arriba y busqué a Matthew entre los soldados. Lo encontré metido en un hueco en la pared de la trinchera. Levantó la mirada y me dijo:
-¿Por qué has venido? ¿Tú sabes lo que es esto?
-No pensé en ello, necesitaba verte y comprobar que seguías vivo.
-¡No deberías haberlo hecho! ¡Nadie sobrevive aquí!- Al momento se levantó y se alejo por el barro.
Nunca lo había visto así, enfurecido de esa manera, sus palabras me golpearon el pecho como si fueran una bomba alemana. Él había cambiado, la guerra lo había cambiado, se me llenaron los ojos de lágrimas y se me doblaron las piernas y me caí en el barro. Hacía frío y el olor a muerte se te metía en la piel pero me acurruque en aquel hueco y cerré ojos esperando abrirlos y estar en Luton, en mi casa, con Lucy dando saltitos por el jardín y mis padres riendo al verla.

Viernes 10 de Marzo:
Eli ha vuelto. Eli está en Verdún. Yo la he gritado. Tengo miedo, mucho miedo. Eli ha vuelto. Eli está aquí. He salido corriendo. Ahora tengo miedo, mucho más miedo. No podré huir y ella morirá.
Tengo miedo y Eli morirá.

Elisabeth (2)

CAPITULO 2
Las nubes crujían, el cielo se tiño de un azul ennegrecido tan oscuro como el carbón de las minas, el carbón que antes movía el motor de los trenes. La gente corría hacia el puerto, llegaba el barco con los primeros heridos de la batalla. La ambulancia blanca se apresuraba hacia el barco y hacia los pocos hombres que bajaban de él. Unos pocos tenían brazos ametrallados por las balas enemigas, piernas y brazos amputados, sin posibilidad de recuperarlos. Varias mujeres bajaron de la ambulancia y se acercaron a los heridos y los agarraron por donde podían y los tumbaban en las camillas. Fué justo en ese momento cuando decidí ir a la guerra.



Lunes 6 de Marzo:
Hoy nos han avisado de la llegada de los convoyes de la Cruz Roja. Son todas mujeres, tienen que tener valor para adentrarse en la oscuridad de las frías y horribles trincheras. Solo algunos hombres aguantan sin dispararse en una mano y ser enviados a casa. Al principio no se consideraba como huir de la batalla, pero después de casi cincuenta hombres, se les enviaba a un consejo de guerra. De todos modos; al final mueren.
Espero que Elisabeth esté bien. No puedo imaginar lo solitaria que es su vida, sin flores, sin sus largos paseos a la orilla del río, sin los calidos abrazos ya inexistentes de su hermana.
Cada vez éramos menos, enviaban a unos cuantos hombres a tierra de nadie y no volvían, ninguno volvía; ver como personas eran alcanzadas por una bomba y sus miembros desperdigados por metros a la redonda, no se aguantaba más.


Ese mismo martes saldría de Londres con veinte mujeres más hacia la ciudad de Verdún. Cuanto más nos alejábamos de París, más se apreciaba la destrucción; cuerpos desperdigados por la tierra cubierta de barro, gigantescos cráteres creados por los espantosos obuses caídos en el suelo, tenían suerte los pocos que se encontraban debajo; era la única manera de salir de allí.
Llegamos a las trincheras cercanas a Marre el jueves 9, lo peor ya había pasado; el ejercito alemán tenía el norte de Verdún y le quedaba el sur, a partir de Vacherauville.
Cuando bajamos del convoy, me apresure corriendo hacia la trinchera francesa, Matthew podría estar cerca, crucé los estrechos pasillos recubiertos con sacos de arena, varias veces me caí en el fangoso barro que recubría todo, los soldados de infantería se quedaban mirando mi carrera hacia el interior, al fin, encontré la entrada a la sala del hospital; no podía dejar de observar los hombres que en ese lugar se encontraban, brazos y manos mutiladas, gente gritando de dolor, enfermeras ensangrentadas caminaban con enormes jeringuillas y algunos hombres llevaban de un lado para otro sierras afiladas. Me asuste, quería gritar al contemplar aquel horror, ¿de verdad era eso la pacifica guerra que anunciaban los periódicos ingleses?, ¿eran aquellas las bombas no dañinas de los alemanes?, ¿acaso era este lugar confortable? Todo eran mentiras, absurdas y controladoras mentiras de los gobiernos, claro que no había paz; todo era muerte.

Me sentí tan desconcertada entre aquel caos, corrí de nuevo hacia el exterior y choqué contra un soldado, él me reconoció al instante; Matthew me abrazo con sus calidos brazos y el mundo despareció, todo dejo de existir: el atronador estallido de los obuses, el incesante disparo de las ametralladoras, los gritos de los generales, todo.
Cuando al fin le pude mirar a los ojos, ahogue un grito; no eran los mismos, estaban llenos de tristeza y de muerte, de melancolía. Le observe durante diez segundos antes de que tiraran de mi hacia dentro, aunque chille su nombre, no salio sonido alguno de mi boca. 

Elisabeth (1)

CAPITULO 1

Sabía que era de día por el ardiente sol que me impedía abrir los ojos. Me sentía desorientada; como todas las mañanas desde su partida. No podía imaginar el levantarme de mi húmeda cama e ir a la fábrica, sabía que pronto sonaría la campana y tendría que moverme. Todavía podía notar su olor, su calidez y su ausencia. Sobre todo su ausencia. Eso era lo único que me levantaba cada día de este infierno; de esta guerra.

En la rinconera todavía estaban su camisa verde oliva favorita, me recuerda a aquellos días de verano en el río del pueblo, el color amarillo de la Centella de agua, el aroma de las flores que abren sus capullos. Todo esto estaba ya tan lejano, no volvería jamás a aquel lugar; nuestro lugar.
Mientras recordaba todo, comenzó a sonar la campana, debía apresurarme a la fábrica o vendrían casa por casa los agentes. Me puse rápidamente el vestido de algodón de color beige y salí a la calle. Las mujeres se apresuraban por las callejas, corrían hacia el centro de la ciudad. Los niños ya repartían los periódicos con las nuevas noticias. Me aproximé a por uno:

Jueves 24 de Febrero, número de bajas reducido. Las balas alemanas no afectan a las tropas de los aliados. Las tropas alemanas intentan avanzar por Verdún pero Francia se lo impide. Las trincheras son muy acogedoras.

Siempre dicen que no hay problemas, pero yo no me lo creo. En una guerra no hay paz, no hay amor; no hay felicidad.



Miércoles 23 de Febrero:
Todo sigue igual, las tropas enemigas no avanzan y nosotros tampoco. Los generales nos ordenan permanecen en nuestras posiciones y esperar callados. Cada día que pasa es lo mismo; terror en los ojos de los más jóvenes, hombres que van y ya no vuelven, siempre el mismo frío, la misma lluvia, las mismas ratas que corretean intentando huir de allí; pero no pueden, nadie puede huir sino es para morir atravesado por una bala enemiga.
Sigo pensando en ella, intento imaginar nuestra vida si estuviera en casa, a salvo. Debe de estar en casa, con ese vestido azul tan bonito, con su rubia cabellera suelta y sus ojos de esmeralda brillantes, como cada vez que yo llamaba a su puerta y ella me abría corriendo y dando pequeños saltos de alegría. La recuerdo como el día en que se marchó a la ciudad y me despedí de ella en su pequeño patio delantero. Recuerdo que su hermosa hermana seguía agarrada de su mano. Ese año hizo mucho frío, aunque sus lilas seguían a la puerta aguantando aquel gélido viento.



Hoy hay poco trabajo, demasiados uniformes para tan pocos hombres que llevarlos. Salgo pronto de la fábrica, todavía es de día. Me acordé de mi casa, de mi pueblo, de mi hogar. Luton ya no era un pueblo pequeño de campesinos, con la llegada del tren aumentaron los extranjeros y los edificios y la violencia. Tuvimos que abandonar nuestra casa para ir a la ciudad después de la muerte de mis padres, Lucy y yo nos vimos solas y en una ciudad gigantesca. Ella seguía estando en el mismo lugar y con el mismo jardín que hace seis años. Se llevaron a Lucy unos meses después, y a mi me dejaron sola. La echaba de menos cada día y cada hora, sabía que estaba bien, tendría una buena familia y un buen hogar a salvo de la guerra.
En pleno Febrero, crecían las lilas para luego florecer en primavera; su aroma siempre era familiar, como estar en casa. 
No me di cuenta de que anochecía hasta que era ya de noche, corrí hasta la estación de tren más cercana y cogí a tiempo el último tren.

Definición de abrazo.

Un abrazo debería ser cálido y confortable, debería hacerte sentir segura entre sus brazos, hacerte sentir como si nada mas existiese dejando a un lado el mundo exterior y olvidando los problemas; las lagrimas, las noches despierta y el ahogo en el pecho. Debería ser perfecto, un refugio, una salida pero no fue así. Los brazos me rodeaban como si fueran los de una estatua de piedra, las caricias en la espalda eran frías y sus ojos eran distantes, los dos sabíamos que ese abrazo lo era todo y nada, los dos sabíamos que el todo lo era para mi y la nada para él. 
Un abrazo debería expresar los sentimientos, un abrazo no debería hacerte llorar. 

Dificultad.


A veces resulta tan difícil expresarse con palabras, miramos a nuestro interior para dar sentido a esa avalancha de sentimientos que esperan su turno para salir y dejarnos confusos y mudos. Nunca se me dio bien decir lo que pienso, se que es injusto para ti que lo dijiste todo sin pensarlo si quiera, pero no puedo. Simplemente no puedo decirte que te deseo, no a ratos sino siempre, que mi corazón se emociona cuando leo un mensaje tuyo, ese que llevo esperando todo el día. Que siento esa necesidad de saber qué haces y dónde estás, de saber que me necesitas aunque sea lo mínimo, de que me digas "buenas noches" y un emoticono para poder dormir, de resistirme a contestarte mal solo aunque haya tenido un día malo, aunque me haya peleado con mi mejor amiga, aunque haya suspendido un examen. Eso que no me pasa con cualquiera. Y aún así intento resistirme a ti, no sé si por miedo o por protección, intento no sonreír cuando me preguntar por ti, intento de verdad evitar esa irresistible atracción cada vez que te miro. Pero sé que todo esto es en vano, pues no hay otro ser en la Tierra que haga que parezca tan pequeña y diminuta, y que haga que me fallen las piernas y se me olvide mi nombre, sin embargo la dificultad está en ¿Qué eres para mí y en qué quiero que seas? Solo un Edward dos, o más como un Christian Grey, igual es que simplemente eres un personaje nuevo de alguna novela para adolescentes, e igual simplemente quiero que seas mío y de nadie más.