Todavía no había salido
el sol cuando desperté, la habitación estaba completamente a oscuras y al
intentar levantarme volví a caer sobre la cama, aun me dolían los brazos del día
de ayer y hoy seria peor. Decidí levantarme y comer algo antes de salir.
Fuera ya había gente, los
obreros comenzaban a trabajar, los gruesos bloques de piedra estaban llegando
desde la cantera y alguien tendría que recogerlos. La catedral avanzaba, yo
llevaba solo dos años trabajando en su construcción pero se notaban los
cambios, su altura ya superaba todos los edificios de París y sus esculturas
eran tan reales que podías tocarlas y sentir cada rasgo humano en tus dedos.
Camine decidido hacia el puesto de la señora Lillan y saque 2 escudos:
-Buenos días Gabriel-
-Mas debería decirse
buenas noches no habiendo salido aún el sol- conteste velozmente
-Tienes razón.- La señora
Lillan debía de tener unos 30 años ya, su pelo era blanco y largo; llegaba
hasta debajo del pecho, marcado por la fina túnica que portaba.- ¿A recoger la
lana vienes?-
-Si, ¿conseguiste la más
gruesa?-
-Para ti claro, toma,
cuida de que no se incendie con la vela-
-Tranquila, muchas
gracias Lil- sonreí y volví a casa a dejar el grueso y largo trozo de lana que
me había entregado, era de color marrón madera y algo rugosa y áspera pero era
mejor que la paja clavándose en la espalda.
Al entrar a casa descubrí
que Ol estaba ya despierta, tan solo tenia 13 años pero ya estaba preparando
las ropas para la boda, el hijo del primo de mi padre se quedo prendado hace 2
lunas y la pidió en matrimonio, ella halagada acepto, aunque solo le ha visto
aquella vez. Olivia era de tez clara pero el cabello era oscuro, como sus ojos;
tan negros como la ceniza. Cuando me vio levanto la cabeza de sus tareas y
sonrió pero yo sabia que no estaba feliz, las lenguas corrían por la ciudad y
sus mensajes no eran agradables.
Volví a salir y el sol ya amenazaba con salir
detrás de la catedral, comenzaba a iluminar la galería y la luz atravesaba los
agujeros de las piedras formando luces con distintas formas y figuras; como si
fueran flores perfectas suspendidas en el aire bailando a medida que el sol
ascendía, podría haberme estado allí de pie observando, guardando esas imágenes
en mi memoria, analizando los movimientos de sol y de la luz, intentando
relacionar los colores que cubrían la catedral con objetos cotidianos, entonces
escuche mi nombre, me gire y vi a mi padre moviendo los brazos bruscamente en
dirección a la calle, por entre un tumulto de gente aparece la persona mas hermosa
que jamás he visto; una princesa. Una larga túnica la seguía desde cerca, con
movimientos leves y levantando algo de polvo con cada paso, la luz del amanecer
volvía su cabello de tonos dorados y una flor rosa se dibujaba en la parte
superior de su túnica. Cuando por fin me atreví a mirarla a los ojos mi padre
me copio del antebrazo y me alejo hasta detrás de un gran bloque de piedra
blanca.
-¿Qué se supone que
estabas haciendo?-
-¿Quién es?- respondí
mirando por encima del bloque, a lo lejos.
-Eso no te incumbe, solo
el porque de que te quedaras como una estatua observándola, ¿te has dado cuenta
del poder que tiene?- Claro que lo he hecho, he visto sus joyas, su largo
colgante plateado sobre el manto color esmeralda, no sabia quien era pero si
que era, preciosa y dulce y también de quien quería que fuese; mía.