sábado, 2 de agosto de 2014

La Flor de Kala (última parte)

A través del visor de mi cámara descubrí otro mundo; podía ver los azules intensos del cielo, cada pequeño pájaro que sobrevolaba los tejados de la ciudad, los mil y un colores de los saris de cada niña que jugaba a subir  bajar corriendo los cientos de escalones de cada ghat, podía ver las gotas de agua que marcaban el rastro de las mujeres que salían de purificarse en el río y las arrugas de los sabios ancianos que daban lecciones de fe en frente de la entrada a los templos. Recorrí calles y barrios, tropecé con niños pequeños jugando y riendo, esquivé rickshaws con conductores que pedaleaban a la velocidad de la luz y me perdí en aquella ciudad llena de tradiciones y supersticiones, donde tan pronto te cruzabas con las coloridas y alegres entradas de pequeños templos o con grandes pilas de madera preparadas para incinerar a alguien.
 Varanasi era un lugar donde venías a morir, mi padre decía que si lanzaban tus cenizas al río Ganges llegaban al paraíso inmortal y cesaban las reencarnaciones. Era un lugar donde te paran y te bendicen con marcas de ceniza en la frente. Ese día me perdí en lugares por los que nunca había paseado, pero en medio de todo aquel caos que era la ciudad sagrada; me descubrí a mi misma.
Puede que nunca llegue a recibir el tilak de mi padre el día de mi boda, puede que mi madre nunca me dibuje multitud de estrellas y flores con henna el día antes, ni que pueda verme reflejada con ese brillante sari rojo ni que llegue a ponerme nunca un rakhi. Siempre había admirado a las hermosas novias de la india y soñado con una boda tradicional repleta de bailes y música y el rostro decorado con multitud de pequeñas piedras de brillantes colores. Ahora sabía que yo necesitaba libertad y descubrir nuevos lugares y volver a perderme pero en otros países como Tailandia o China, sabía que quería ser únicamente yo y dejar de ser la niña de las ofrendas que se pasea por la ciudad pensando que ese es su único destino.

Pasaron los días sin casi darme cuenta, cada uno de ellos lo dedicaba a recorrerme la ciudad y buscar nuevos lugares, cada uno de ellos había un momento inolvidable que no podía dejar pasar y cada uno volvía a la tienda del señor Ravi a que me diera otro carrete. Deje de ir a la escuela y empecé a aprender del mundo que me rodeaba.
Sin darme cuenta pasó una semana y llegó el festival del Holi. La noche anterior cientos de personas salieron a la calle a observar la enorme y hermosa luna llena y a preparar la gran fiesta de los colores. La gente salía de sus casas para encender montones de pequeñas hogueras por las calles, las mujeres se vestían con sus trajes más hermosos y los cabellos de las niñas se decoraban con multitud de pasadores de alegres flores.
Todos los años mi madre nos sentaba junto a una hoguera en el patio y nos contaba la leyenda de la Holika Dahan donde la luz del fuego del bien vence sobre el mal. Esa mañana me desperté pronto por culpa de la multitud de personas que corrían gritando que la primavera ha llegado y que saliéramos a la calle. Mi madre se recogió el cabello sobre una larga trenza que luego enrolló sobre la parte de arriba de la cabeza, mi padre dio a mi hermano su tunica y pantalón blanco como símbolo de madurez y orgullo, para que luciera en la fiesta.
Por primera vez en mucho tiempo fuimos cogidos de la mano hasta los Ghats principales, podías palpar el espíritu de la gente que se apresuraba a llevar las enormes cestas llenas de polvos de todos los colores. Era un día donde todos se mezclaban con todos y las personas volvían a ser niños y a tirarse polvos entre ellos; n importaba si eras rico o pobre porque todos se unían para celebrar este día, el día de la felicidad. 
Antes de que me diera cuenta estaba cubierta por cara y cuerpo de color azul y rosa, mi sari antes verde ahora tenía trozos morados y rojos. Al alzar la vista solo pude ver una nube de todos los colores, fue como si el mundo se pusiera a cámara lenta y miles de partículas flotaran en el aire hasta posarse en alguna mano que en ese momento llenaba la cara de un desconocido con un verde tan vivo que recordaba a los tallos de las flores. No necesitaba nada más que ese instante para olvidarme del mundo.
Estaba dispuesta a inmortalizar todo: las caras de felicidad de la gente, los escalones de los Ghats cubiertos de colores como si fueran un gran mosaico, las ahora multicolores aguas del Ganges y las emociones que provocaba.




Un golpe seco me despertó de la ensoñación que reinaba en mi mente y en la habitación. Miré al suelo y vi el pesado manuscrito tirado boca abajo, hacía ya mucho rato que había dejado de leer y había empezado a soñar. Recordaba como una semana después mi madre me había levantado de la cama y me había llevado hasta el aeropuerto, me prometía otro futuro que yo podía elegir en Nueva Delhi. Simplemente no podía negarme a marcharme pero tenía miedo, mucho miedo. Aún ahora, veinte años después de aquellos días sentía la angustia en el pecho mientras veía a mi madre alejándose desde la ventanilla del avión. Nunca la llegué a preguntar cuánto tiempo había estado planeando eso ni si sabía las consecuencias que tendría volver a casa sola y enfrentarse a mi padre y a mi hermano. Puede que hasta sonrieran de placer al saber que no volverían a verme más.
Quizás algún día vuelva a Varanasi, esa ciudad donde convive la vida y la muerte en mil kilómetros cuadrados, donde cuentan los escritos que fundó el dios Shiva en la era de Kali para ser un centro religioso dedicado al dios Suriá del sol, donde miles de personas llenan de color los inacabables escalones de los Ghats, la única ciudad donde puedes pasear en barco y observas los rayos de sol a través de los números palacios casi destruidos que recuerdan a un esplendor pasado.
Era la ciudad sagrada de la que no puedes huir nunca, se te mete en la mente y en los sueños para recordarte lo que dejaste atrás.
Puede que un día vuelva, pero volveré para destruir ese muro que me impedía alcanzar el agua, volveré para acabar con los demonios que me siguen recordando que aún soy esa frágil niña de dos años que caminaba con una finísima rama de tulsi hasta el agua y a la que nadie quería escuchar. Volveré para contarle a la ciudad y a sus tradiciones que fui esa persona que se rebeló y a la que no pudo atrapar. Volveré para que todos vean que las cosas pueden cambiar que ningún muro debe frenarte y quitarte lo que quieres, si,  volveré.


FIN


PD: Esta ha sido la última parte de este relato, espero que os haya gustado, para mí ha sido uno de los que más me gustan desde que comencé a escribir. Ha sido todo un reto para mi y estoy muy orgullosa de él después de todas las horas y la búsqueda de información para contextualizarme. De nuevo muchas gracias a todos los que lo habeís leído, pronto llegarán más. 

lunes, 21 de julio de 2014

La Flor de Kala (3º parte)

Cuando llegué al pequeño y frágil embarcadero del extremo de la ciudad ya casi era de noche y empecé a correr hacia el puesto de flores más cercano. Normalmente tenías a una mujer o un niño preparando las flores y sentados en el suelo sobre un cojín, estas se colocaban por colores: naranja, amarillo, magenta, verde selva y hasta alguna de un lila suave. Podías elegir las flores que más te gustaban y te las ponían sobre una hoja enorme de palmera en forma de cuenco.
Mientras atravesaba el barrio de Chowk me encontré entre un montón de gente gritando y soltando juramentos sobre Shiva que yo nunca había oído. Entonces vi un objeto plateado y brillante al lado de los pies de hombre alto con túnica roja, me acerqué esquivando a las personas que llegaban corriendo desde uno de los Ghats más cercanos e incluso a los pocos perros que ladraban agitados por el revuelo, al final conseguí llegar hasta donde estaba ese objeto y cogerlo.
Nunca había visto una cosa así: una pequeña caja sólo un poco más grande que mi mano, parecía uno de esos rectángulos huecos que teníamos en clase para dar matemáticas.
 Por una parte tenía una pestaña negra que si se levantaba abría la caja y podías ver un montón de círculos alargados unidos entre sí, por la otra parte un círculo hueco con un cristal redondo en el centro y un pequeño rectángulo blanco en una esquina de arriba que me recordaba los pequeños trozos de manzana que mi madre solía darme para cenar cuando era pequeña. Me quedé mucho tiempo observando y tocando ese objeto sentada debajo de una de las farolas que alumbraban la calle ahora vacía y cubierta de una densa oscuridad. En la parte de arriba tenía una especie de botón negro como si fuera un timbre muy pequeño, y otro círculo negro más grande a su lado, el cual estaba rodeado por salientes que raspaba una y otra vez. 
Al final decidí guardarlo en uno de los bolsillos de la cartera del colegio y caminar hacía casa. Cuando llamé a la puerta oí a mi padre venir con grandes zancadas hacia ella, antes de que me diera tiempo a reaccionar la abrió de golpe, tan fuerte que golpeó contra la pared y provocó que la gruesa madera crujiera.
-¿Qué horas son estas para llegar? ¡Sabes que debes estar aquí antes del anochecer! Insolente y caprichosa es lo que es lo único que te han enseñado a ser… Ya lo dijo mi madre que las niñas sólo traen problemas a una familia, ahora sabemos por qué me quedé sin trabajo poco después de nacer tú, ¡¡sois como sanguijuelas que no paran de quitarte la sangre!!- él me gritaba mientras yo intentaba contener las lágrimas y no llorar antes su enfurecida mirada, era como la de los cuentos de dragones; cuando el poderoso dragón está a punto de quemar viva a su víctima acorralada. –Ningún hombre querrá casarse con una mujer como tú y estarás deshonrada por el resto de tu vida- dijo inundado por la cólera
-Las mujeres no necesitamos un hombre para vivir, hay muchas que viven solas sin maridos- repliqué cabreada por las injustas tradiciones que aún regían esta ciudad y este país.
-Y entonces, ¿QUIÉN SERÁ EL QUE PAGUE LAS CIEN RUPIAS QUE CUESTA UNA INCINERACIÓN? ¿TÚ MISMA? ¿Te atreves a cuestionar nuestra cultura e intentar cambiarla? Shiva dijo que debíamos seguirle en su camino a la paz y la fe, y ahora vienes tú, una cría irrespetuosa de doce años ¿a contradecirle?- gritó esta vez consumido por la ira que le provocaban mis palabras, las cuales rompían con sus reglas sagradas y su poder sobre todo lo demás.

 En ese momento salí corriendo atravesando toda la casa hasta quedarme en una esquina del patio, inundada por mis lágrimas y pensamientos, me quedé ahí sentada tanto tiempo que ni recuerdo cuando amaneció. No quería levantarme ni comer ni dormir; sólo quedarme allí en el pequeño refugio de mis brazos rodeándome, sin pensar que algún día debería salir de él y enfrentarme al destino que hace miles de años habían escogido por mí.
Con doce años no podía hacer nada salvo bajar la cabeza y callar: aquí las niñas somos una decepción, la ruina para sus padres y su familia y una carga de cuidar y mantener si no nos casamos pronto. Llevaba muchas horas sin moverme hasta que de repente unos brazos me agarraron fuertemente por los hombros y me levantaron, estaba tan débil que tuvieron que arrastrarme hasta la pequeña habitación que hacía de baño. Abrí los ojos cuando noté el agua húmeda por mi rostro y unas suaves manos que me recorrían el cabello intentando soltar los nudos que la trenza había creado. Ante mí pude ver una niña de tez oscura y cabello color negro carbón que me miraba fijamente con unos grandes ojos verdes rodeados por unos oscuros surcos y las mejillas ardientes coloreadas de rosa. El pelo enmarañado lo soltaban unos ágiles dedos más claros que contrastaban con la oscuridad de los mechones. Esa niña miraba fijamente los ojos reflejados de la mujer que tenía detrás, sin saber porqué, buscaba una explicación en su vacía mirada que se limitaba a guiar a los dedos.
Esa bella mujer tuvo una vez la pasión reflejada en sus ojos, el deseo por vivir, más tarde me confesaría su verdadera historia y su verdadero yo pero esa cálida mañana de miércoles se limitó a preparar a su pequeña y frágil hija, con gestos delicados la vistió y arregló por miedo a que se rompiera por fuera un poco más de lo que estaba por dentro.
Una vez fue la más hermosa por su piel clara y ojos esmeralda, sus padres la pusieron de nombre Mallika porque su belleza recordaba al jazmín: una pequeña flor blanca que destacaba entre todos los colores de las demás flores. Pero ahora era la persona que me daba ese pequeño empujón y me acompañaba cogiéndome de la mano hasta el embarcadero. Esa mujer cuyos ojos miraba fijamente mientras el espejo robaba su imagen era mi madre.

Iba caminando hacia el colegio cuando metí la mano en la cartera y encontré ese raro objeto dentro que estaba ayer tirado en el suelo. Decidí probar suerte y pulsar el negro botón pero solo oí un leve CLICK pero el objeto no había cambiado. Después de varios intentos pensé que estaría roto pero mientras buscaba un lugar donde tirarlo me encontré con una pequeña tienda que tenía una gran foto del mismo objeto en el cristal de esta. A su lado ponía: “¡Adquiera la última cámara compacta del mercado, con carretes intercambiables! Hasta le puedes poner un flash fotográfico de nivel profesional”.  Había visto imágenes de cámaras cuando lo estudiamos en el colegio pero todas eran de artilugios enormes sujetados en cuatro patas de metal alargadas y con un gran agujero separado de la caja por un muelle negro cuando miraba al objeto que tenía en la mano no podía entender cómo llevaba el mismo nombre, ¿Acaso eran tan poco originales los inventores que tenían que copiar todos los nombres?
Tenía mucha curiosidad por averiguar cómo funcionaba esta “cámara”, mi madre siempre me decía que la curiosidad mató al gato cada vez que me soltaba de su mano para mirar dentro de los templos o de las puertas abiertas que dejaba la gente cuando volvíamos del mercado. Entré por la acristalada puerta y me encontré con un espacio lleno de artilugios de distintos tamaños: cámaras de muelles que hacían de recibidor al lugar y multitud de estanterías con replicas en pequeño que comenzaban en el suelo y llegaban hasta sitios a los que no alcanzaba ni de puntillas. Un señor con un gran bigote negro y alargado asomaba por detrás de un mostrador de color violeta y detrás de él se extendían filas llenas de pequeños tubitos negros con números de muchos colores dibujados en su exterior.
-Buenos días pequeña, ¿Estás perdida?- dijo el señor con una voz grave que me recordaba a los tambores de tocaban al amanecer señores que meditaban a las orillas del Ganges.
-No, bueno solo quería darle esto que encontré, pensaba tirarlo porque no se para que se usa- respondí posando sobre el mostrador la cámara.
-¡OH! ¡Shiva! No puedes tirarla, es una cámara Nikon, la primera que es tan pequeña para guardarla en cualquier sitio, ¿Sabes cómo usarla?- asentí negativamente con la cabeza- Bueno, yo te enseñaré, solo necesitamos un par de pilas y un carrete- dijo sonriendo mientras se giraba y seleccionaba un tubito con letras rojas y unas pequeñas pilas amarillentas.
El señor del bigote empezó a manipular la cámara, la cual era más pequeña que la palma de su mano. Cogió las pilas y las metió por un agujero que tenía la cámara por debajo, después la abrió y comenzó a enredar con los varios chismes y tubos negros que tenía la cámara dentro, jamás había visto a alguien abrir un carrete de esos y sacar una tira marrón que parecía de plástico pero cuando mirabas a través de ella podías ver todo teñido de ese color tierra. Cuando terminó de ponerlo, la sacó y me ofreció otro carrete:
-Quiero que este le pongas tú, no estaré yo siempre que se te acabe uno- dijo esperando a que reaccionara y hubiera atendido a su demostración.
Tras varios minutos intentando encajar correctamente todas las partes del carrete en las diferentes piezas de la cámara conseguí colocarle correctamente. El señor Riva, que así se llamaba, tras comprobar que había conseguido hacerlo con éxito, cerró la tapa trasera con delicadeza y se acercó hasta donde estaba yo y ponerse a mi altura.
La cámara pesaba bastante ya que estaba hecha con un metal plateado, aunque la parte de atrás, donde se abría, era negra. El señor Riva me dijo que el gran círculo del centro era el objetivo por donde entraba la luz para hacer la foto, el cual tenía escrito con letras muy pequeña unos números de color negro que se usaban para saber si lo que quieres sacar está muy lejos o cerca; así la cámara lo sabía y hacía una foto bonita, en vez borrosa como cuando miras al fondo del río y ves las cosas movidas.
El rectángulo blanco era el flash: servía para dar luz al hacer una foto de una cosa a oscuras o de noche, y a su lado había otro rectángulo de cristal que llegaba hasta la parte de atrás de la cámara, era para mirar a lo que quieres fotografiar. Por arriba tenía el botón negro que se llama obturados y se aprieta cuando vas a hacer la foto, este tenía debajo una pequeña palanca negra que debía mover cuando quisiera pasar a hacer otra foto. Riva me dijo que debía hacer todas las fotos, hasta que en el cuadrado de arriba saliera el número 30, y volver donde él que sacaría las fotos del carrete marrón y me las daría.
De vuelta a Varanasi en la barca me preguntaba como se podían sacar las fotos en grande de la tira marrón que no tenía nada. Parecía algo mágico, me acordé del verano que vinieron esos magos vestidos con altos sombreros grises y una chaqueta que les llegaba casi hasta los pies, podían sacar animales del gorro y monedas de detrás de las orejas de niños.
 Cuando llegó la barca al final de viaje empecé a hacer fotos a todo lo que veía, recordaba las palabras del bigotudo señor Riva: “Debes hacer fotos a lo que quieras recordar para siempre”, decía que las personas se olvidan de las cosas: de los amigos, de su ciudad e incluso su casa, de las puestas de sol bonitas y hasta del pequeño cachorro blanco que tenían de pequeños. Por eso debíamos hacer que el mundo entero fuera inolvidable, imborrable y eterno.


sábado, 12 de julio de 2014

La Flor de Kala (2º parte)

Cuando amaneció ese día pensé que las cosas habrían cambiado pero el odioso reloj marrón seguía colgado exactamente en la misma pared y el mismo lugar que ayer, todavía podía oír los ronquidos de mi padre desde la habitación contigua y a la vecina cantando mientras barría el suelo de la entrada de su casa. Como todos los días me colocaría el uniforme de camisa blanca y falda roja y saldría camino de la escuela, desayunaría un poco de pan con leche y mi madre me peinaría el cabello con su cepillo color esmeralda de púas alargadas y estropeadas. Mi casa no era muy grande: tenía tres habitaciones a las que se accedía por un pequeño patio que daba al exterior, en él mi madre molía el trigo para luego hacer la harina del pan, también sacaba agua del pequeño pozo situado en el centro. A mí me gustaba pasear por el patio porque podía sentir las cosquillas de las delgadas briznas de hierba que se colaban entre los adoquines mal unidos, pero mi madre siempre se encargaba de gritarme que dejara de andar descalza por todas partes.
Con diez años ya me había acostumbrado a la rutina de Varanasi, a tener que cruzar todos los días el río Ganges para ir a la escuela, y que al cruzar por él, la barca chocara con los restos de lo que un día había sido una persona feliz y alegre pero que ahora solo era otro cadáver más flotando a la deriva.
 Todos los días andaba un kilómetro para ir al colegio: un gran edificio color marrón claro con ventanas colocadas simétricamente, las paredes estaban recubiertas de pinturas y escrituras sagradas que la gente iba dibujando. La planta de arriba tenía los muros calados con aberturas y salientes de diferentes formas geométricas y tamaños.
Aún puedo recordar cuando todos los días salíamos los cuatro a la purificación, justo antes del amanecer, nos colocábamos en el Ghat Dasashwamedh y de uno en uno íbamos metiéndonos en el río. Mi padre era el primero en hacerlo, después iba mi hermano Baldev, mi madre y por último iba yo, la más pequeña. Mi hermano siempre fue el más querido y esperado, su nombre significa: “El semejante a Dios en poder”, el que sacaría a mis padres de la pobreza, siempre me decían que yo era un castigo de Shiva por ser codiciosos y egoístas. Por ello, desde que cumplí los cuatro meses, comprábamos una rama de tulsi y cada día, a la caída del sol,  la llevábamos a modo de ofrenda; yo debía sumergirme varias veces en el río y después soltarla al mismo tiempo que mi padre recitaba oraciones del mantra.
Así fue como, desde que aprendí a andar, iba a por el tulsi y a entregar las ofrendas, cruzaba el barrio de Chowk hasta llegar al Ghat, esquivando los cientos de curiosos y peregrinos que intentaban llegar hasta las orillas del Ganges.
En la escuela debía sentarme en mi silla sin decir nada ni moverme, esperar al profesor y mostrarme dócil y serena. Al acabar debía atravesar las distintas callejuelas repletas de casas y pequeños templos coloridos, intentando no chocar con las docenas de vacas que se paraban en mitad de las estrechas calles.
Mientras volvía a casa un martes normal pensaba en que debía recoger las flores antes del anochecer. Cruzando el río pude ver como el sol se ponía por detrás de los templos sagrados, perfilando sus altas y doradas cúpulas de un color naranja fuego y reflejándose al final del río, donde mi vista podía alcanzar, tan lejos que las siluetas de los Ghats se confundían entre ellas.
 Siempre había tenido curiosidad por saber que hay después de todo esto; al final de las calles en formas de laberinto y al final de aquel montón de agua que nos aislaba del resto de las ciudades, dejando atrás los montones de gente corriendo y pronunciando frases extrañas y desconocidas del mantra, pidiendo ayuda o perdón a Shiva. Olvidando también las solitarias tardes en las que podías ver y oler el humo que venía de las cremaciones que se producían cada día.

Pero ese martes que parecía tan normal y monótono como los demás, se convirtió en el día en el que cambiaría mi vida. 




 Después de los numerosos aplausos y felicitaciones por el discurso y la exposición, conseguí escabullirme por entre la gente y salir a la calle. El aire fresco de principios de abril desordenaba el pelo de las pocas personas que se atrevían a salir a la calle sin gorro.
Intentaba absorber todo el aire que podía, subiendo y bajando el diafragma con movimientos regulares pero rápidos. La calle, cubierta de niebla e incipientes margaritas, estaba casi vacía. Al otro lado una niña se asomaba a la ventana de una pastelería mientras su madre hablaba por teléfono y seguía caminando sin ni siquiera darse cuenta que su hija se había quedado atrás. Al mismo tiempo un joven con un enorme cachorro de labrador paseaba sin prestar demasiada atención a lo que ocurría a su alrededor ni a la señora a la cual el viento arrastraba su pañuelo.
Ante este gélido día que envolvía a Brixton decidí encenderme un cigarrillo aunque al poco tiempo, como si pudiera leerme la mente, apareció Julia:
-Ha estado genial, bueno, tú has estado genial, deberías improvisar más a menudo- dijo al tiempo que se cerraba su elegante abrigo negro.
-Gracias- dije mientras daba otra calada al cigarro, aún alargado.
-¿Qué te pasa? ¿Estás triste? -decía mirando fijamente al cigarro con cara de desaprobación. -Pensé que lo habías dejado…-dijo al fin.
-Si bueno, siempre llevo alguno encima por si acaso. Ahora simplemente lo necesitaba, son demasiados recuerdos que me vienen a la mente al hablar de mi niñez- dije apagándole en el húmedo suelo de Londres.
 Cuando llegué a casa aún tenía el sabor en la boca del burbujeante champán, podía notar ese hormigueo por los brazos al saber que todas las fotografías se habían vendido y las mariposas en el estomago cada vez que alguien se acercaba a felicitarme.
Traspasé el pequeño recibidor hasta llegar a las escaleras que subían a la planta de arriba, desde allí fui directamente a por el manuscrito que estaba guardado en el segundo cajón de la cómoda y me tumbé en la cama mirándole fijamente mientras lo sostenía por encima de mi cabeza. En la primera hoja se podía leer el título: “Crónicas de una niña que encontró su destino”. El título no llamaba demasiado la atención pero para mí lo reflejaba todo; ahí estaba escrita la historia de mi vida. Volver a verlo y pasar las suaves páginas me recordaba las horas frente al ordenador; tenía claro lo que quería contar sin embargo no sabía cómo.
Pasé la primera hoja y comencé a leer: una página, dos, tres y hasta cuatro, mis ojos pasaban rápidamente por cada letra y palabra intentando asimilar la información como si esa niña asustada fuera ahora y como si aquel día no hubiera el primero en el que empecé a vivir de verdad. 


jueves, 10 de julio de 2014

LA FLOR DE KALA (1º parte)

Buenas tardes (o debería decir noches más bien) tras un largo período de hinbernación pre y post-examenes, he vuelto a la carga (YUHUUU) Voy a comenzar a poneros el relato que escribí para un concurso del ayuntamiento de Santander pero que no gané, aún así me siento muy orgullosa de él y de que sea el más largo quee he escrito. Tras innumerables horas delante del ordenador, aquí está el resultado. ESPERO QUE OS GUSTE. :)


LA FLOR DE KALA 

Corría, corría, y corría pero no me quedaba sin aliento, saltaba cada piedra que me encontraba, algunas de hasta 70 cm de diámetro, colocadas estratégicamente para que no te diera tiempo a alzar la vista e impulsarte desde el último salto. Corría, corría y corría hasta que vi el enorme muro colocado en mitad del camino, dejando la arena de un lado y el agua del otro; el cual podía verse a través de pequeños agujeros. Casi podía tocarla con la mano pero por más que intentaba meter la mano por algún hueco, no entraba. Era como en los museos, no puedes tocar las cosas, sabes su color y su forma pero nunca podrás saber si es rugoso o suave, o si está caliente o frío. Nunca podrás sentir lo que tus ojos ven pero tus manos no pueden catar.
Intenté escalar ese muro, salir de la arena que quemaba mis pies pero cada paso que daba crecía algo más el muro. Mis manos y mis pies estaban ya llenas de arañazos, yo cansada y sudando del calor y el esfuerzo. Justo cuando iba a bajarme, oí unos gritos de mujer a los lejos:
-Kala
-KALA
-¡¡KALA!! ¡¡DESPIERTA!!



A duras penas conseguí abrir los ojos, a pesar del insistente zarandeo de Julia no podía quitarme de la cabeza aquel sueño, ni podía dejar de pensar en ese infinito y tan ansiado mar. Dejé que Julia me arrastrara al baño y hasta tuvo que empujarme dentro de la ducha antes de marcharse de un portazo hacía la cocina.
Cuando salí del agua y me vestí estaba relajada, a pesar de estar en invierno no había conseguido quitarme el calor del cuerpo que me había perseguido durante toda mi vida. Pero hoy debía inaugurar la exposición en la galería de al lado del piso, en Brixton y aún no sabía que iba a decir en mi discurso de agradecimiento.
-Podrías leer un trozo del libro- respondió Julia a mi pregunta antes de que la dijera en voz alta, leyéndome la mente había conseguido convertirse en mi mejor amiga y en mi galerista.
-No tengo intención de publicarlo, Julia, además no sería justo para el público ni para mí misma- dije al mismo tiempo que llenaba una taza con café recién hecho de “la Rata.


-Por favor, no digas tonterías que es demasiado pronto- contestaba mientras limpiaba los restos del croissant de su desayuno. -Además sabes que lo publicarás, es genial y estupenndoo, humm espera -parecía que no se le daba bien comer y hablar a la vez
-Da igual, date prisa y vístete que vas a llegar tarde a tu propia inauguración.-dijo al mismo tiempo que se despedía y salía por la puerta con su segundo croissant en la boca.
Cuando entré por la puerta de la galería ya había mucha gente; gente comiendo en las mesas de buffet, gente persiguiendo a los únicos dos camareros que servían copas, gente hablando y gente que se paseaba entre las fotografías sin decir nada. Comencé a caminar entre las personas que observaban las imágenes con caras de sorpresa, fascinación y hasta felicidad, de repente alguien dio unos golpecitos a la parte superior de un micrófono y empezó a hablar casi gritando:
-Atención a todos. Hoy es un día muy importante en la vida de todos nosotros, la primera exposición de una gran mujer y su sueño cumplido tras muchos años de esfuerzo. Quería ceder el turno de voz a Kala que nos va a ofrecer un fantástico discurso de inauguración, un aplauso por favor- dijo Julia mientras levantaba la delgadísima copa de champán que tenía en las manos.
Cuando terminó de hablar Julia me dispuse a subirme al pequeño taburete colocado al lado de la minúscula barra de bar, justo a al lado de la puerta de entrada y salida de la galería. Intenté, sin éxito alguno, colocarme el pelo y estirarme el entallado vestido negro pero mis manos temblaban tanto que no hubiera sido capaz de sujetar una hoja con el discurso si la hubiera tenido. Me acerqué el micrófono a la boca al mismo tiempo que pensaba el algo ingenioso que decir.
-Buenos días a todos y gracias por venir. La verdad es que siendo sincera no había pensado en nada que decir, muchas personas me dijeron que leyera un fragmento de mi futuro libro o que explicara mi recorrido hasta llegar aquí pero la verdad es que prefería hablar de corazón. Nunca se me dio demasiado bien improvisar: me quedaba en blanco en todas las reuniones con representantes, ni siquiera sabía que decir ante una grabadora o una cámara de televisión. Algunos psicólogos podrán pensar que es miedo escénico provocado por una mala infancia o timidez debida a las constantes regañinas de mis padres pero yo creo que sinceramente muchas veces no sé qué decir, puede que no naciera con el don de la palabra. Por esto mismo me dediqué a la fotografía. La gente puede borrar lo que se escribe en una hoja, o quemar todos los libros para que nadie pueda leerlos o simplemente pagar a alguien para que no escriban lo que tú no quieres que se sepa pero una imagen no se puede hacer desaparecer. Podrán contar una historia diferente a la realidad pero no podrán cambiar a las personas de sitio cuando se están manifestando. No podrán mover los árboles ni las casas de una fotografía. Por esto, por todo esto decidí que nadie podría nunca callarme si contaba mi historia a través de imágenes tomadas directamente de la realidad, nadie podría decirme nunca que eso no pasó o que me lo estoy inventando, por ello hoy esto aquí, dando este discurso y contándole al mundo que hay muchas formas de callar a alguien pero también de hablar.-dije.

domingo, 22 de diciembre de 2013

The Golden Rose (3)

El comedor era grande, más que alunas casas próximas, las paredes estaban recubiertas con tapices de colores provenientes de las India, tenían figuras y animales exóticos, me gustaba especialmente el de la pared oeste; contenía grandes criaturas de color ceniza con orejas gigantescas y una extraña extremidad que le sobresalía de debajo de los ojos, unos grandes, redondos y brillantes ojos negros.
Ese animal me fascina, no sabía su nombre ni si existía de verdad, solo lo admirada mientras deslizaba la mano por su dibujo en la fina seda.

Sí, me encantaba ese salón, sobre todo al mediodía cuando el sol entrada directamente a través de las ventanas que en ese momento se descubrían de las telas que las tapaban. La luz y el color me apasionaba, la vida me apasionaba.

Cuando desperté a la mañana siguiente Roberto ya no estaba, le prometí ir al mercado pero el cielo era negro y unas gigantescas manchas ocultaban el sol. Sibil me ofreció el manto esmeralda, mi favorito; decorado con triángulos color ceniza sobre el fondo brillante. Fue mi primer regalo después del trato, cuando estábamos en Castilla, de donde era la madre de Roberto.
Castilla era un lugar sorprendente con grandes catedrales e iglesias por sus caminos. Las gentes eran amables, con grandes hoyuelos en las mejillas al sonreír y briznas enredadas entre  los cabellos seguramente porque algún vendaval levantó los restos de la paja que toda la mañana habrían tardado en recoger. De vez en cuando me gustaba imaginar la vida que llevaría las demás personas, por que corría un niño entre las casas o la razón por la cual una madre dejaba de barrer la puerta y entraba a la casa en un segundo. Cada persona es increíblemente sorprendente, si se pudiera descubrir su pasada, sus pensamientos, sus sentimientos…

Salí pronto de casa, la poca luz que había se ocultaba entre los edificios de la ciudad. Al llegar al mercado busqué con la mirada el puesto que desprendía los colores más brillantes y vivos que jamás había visto. Pasaba la mano por entre cada cajita llena de polvos: añil, cian, beige, carmesí e infinidad de plumas y cerdas de animal para pintar

lunes, 16 de septiembre de 2013

The Golden Rose (2)

Si, se podría decir que me enamore, nunca estuve muy seguro porque era la primera vez pero la presión en el pecho no me engañaba, era amor. Ese día mi padre me mandó a buscar agua y no volví a verla pero apareció cuando limpiaba las herramientas, delicada y suave al mismo tiempo me rozó la mano y suspiró profundamente antes de decir:
-¿Cual es el nombre de esos orificios rosas de ahí?-
Fueron las palabras más bellas que había escuchado nunca, también las únicas que me había dicho una chica exceptuando mi madre y mi hermana.
-Vanos, son vanos y están rosas por la luz que se filtra a través de ellos-
-¿Luz? Rosa no suele ser la luz, hasta ahora no la había visto de ese color-
-Algo que no has visto nunca no tiene porque ser imposible- Sorprendida giro la cabeza para mirarme directamente con sus grandes ojos verdes.
-¿Cómo sabrás si es posible si no lo ves?-
-Fe- sonrió levemente y se dio la vuelta caminando hacia la carreta estacionada a un par de metros. Volví a coger el escoplo y a seguir modelando los trifolios en la piedra.




-¿Cómo va el trabajo?- Preguntó de repente, yo no me lo esperaba y me sobresalté ligeramente en la silla.
-Bien-
-¿Te ocurre algo, querida? Te noto lejana-
-No, solo es que no me gusta estar en la ciudad, hay demasiada gente por todas partes y no estoy acostumbrada- Eso era verdad, desde que llegamos a Paris me quedo en la alcoba el día entero, leyendo o pintando.
-Si querida, demasiados pobres con las pezuñas largas- Casi lo gruño, en vez de decirlo-Mañana volveré al palacete para resolver unos asuntos, ¿no te importa no?-
-No te inquietes, saldré a buscar nuevos colores por el mercado- Me miró y supe que se estaba enfadando, aunque no sabía que había dicho mal está vez
-Intenta que sean puros, no como la última vez-

Se levanto y se marchó. Últimamente estaba resultando muy común que cenara sola en la antigua mesa de roble. 

sábado, 3 de agosto de 2013

La Amistad

Amistad, esa gran palabra que nos rodea todos los días. Amor, sin amor no hay amistad. Es así, no solo hace falta confianza, cariño, apoyo, también el amor, ese sentimiento tan potente aumentado por las hormonas de la adolescencia. Todo lo que nos rodea parece tener que ver con amor, corazones rotos, traiciones, enamoramientos... demasiadas cosas.
El amor fue lo que le faltó siempre, para llorar no tiene que ser por un novio, duele más el fin de un amigo, duele sentir que en quien te apoyaste en realidad solo te usaba, como un trapo de usar y tirar. Por eso decidí no se yo la primera en hablar, en perdonar, en volver a lo de antes, quizás porque sabía que lo que teníamos antes no iba a volver, sabía que los abrazos cuando lloraba no importaron, ni las llamadas, ni las palabras de cariño, ni las mentiras por ayudarle, ni los secretos. Lo peor fue el darme cuenta de que nunca sería diferente, de que llegaría este día, de que no iba a cumplir lo que prometió, de que el "te quiero" era para no dejarle solo y no ayudarle, de que en el fondo su amistad valió mucho para mí y no tanto para él.

Estuve a punto de borrar todo esto, hacer borrón y cuenta nueva. El otro día contaban en una película que los sentimientos que tienes guardado, las palabras que nunca dijiste, aunque fuera solo una, debías escribirlas en un papel y luego quemarlo, así no ibas a olvidarte de ellas pero desaparecerían un momento de ti.