sábado, 2 de agosto de 2014

La Flor de Kala (última parte)

A través del visor de mi cámara descubrí otro mundo; podía ver los azules intensos del cielo, cada pequeño pájaro que sobrevolaba los tejados de la ciudad, los mil y un colores de los saris de cada niña que jugaba a subir  bajar corriendo los cientos de escalones de cada ghat, podía ver las gotas de agua que marcaban el rastro de las mujeres que salían de purificarse en el río y las arrugas de los sabios ancianos que daban lecciones de fe en frente de la entrada a los templos. Recorrí calles y barrios, tropecé con niños pequeños jugando y riendo, esquivé rickshaws con conductores que pedaleaban a la velocidad de la luz y me perdí en aquella ciudad llena de tradiciones y supersticiones, donde tan pronto te cruzabas con las coloridas y alegres entradas de pequeños templos o con grandes pilas de madera preparadas para incinerar a alguien.
 Varanasi era un lugar donde venías a morir, mi padre decía que si lanzaban tus cenizas al río Ganges llegaban al paraíso inmortal y cesaban las reencarnaciones. Era un lugar donde te paran y te bendicen con marcas de ceniza en la frente. Ese día me perdí en lugares por los que nunca había paseado, pero en medio de todo aquel caos que era la ciudad sagrada; me descubrí a mi misma.
Puede que nunca llegue a recibir el tilak de mi padre el día de mi boda, puede que mi madre nunca me dibuje multitud de estrellas y flores con henna el día antes, ni que pueda verme reflejada con ese brillante sari rojo ni que llegue a ponerme nunca un rakhi. Siempre había admirado a las hermosas novias de la india y soñado con una boda tradicional repleta de bailes y música y el rostro decorado con multitud de pequeñas piedras de brillantes colores. Ahora sabía que yo necesitaba libertad y descubrir nuevos lugares y volver a perderme pero en otros países como Tailandia o China, sabía que quería ser únicamente yo y dejar de ser la niña de las ofrendas que se pasea por la ciudad pensando que ese es su único destino.

Pasaron los días sin casi darme cuenta, cada uno de ellos lo dedicaba a recorrerme la ciudad y buscar nuevos lugares, cada uno de ellos había un momento inolvidable que no podía dejar pasar y cada uno volvía a la tienda del señor Ravi a que me diera otro carrete. Deje de ir a la escuela y empecé a aprender del mundo que me rodeaba.
Sin darme cuenta pasó una semana y llegó el festival del Holi. La noche anterior cientos de personas salieron a la calle a observar la enorme y hermosa luna llena y a preparar la gran fiesta de los colores. La gente salía de sus casas para encender montones de pequeñas hogueras por las calles, las mujeres se vestían con sus trajes más hermosos y los cabellos de las niñas se decoraban con multitud de pasadores de alegres flores.
Todos los años mi madre nos sentaba junto a una hoguera en el patio y nos contaba la leyenda de la Holika Dahan donde la luz del fuego del bien vence sobre el mal. Esa mañana me desperté pronto por culpa de la multitud de personas que corrían gritando que la primavera ha llegado y que saliéramos a la calle. Mi madre se recogió el cabello sobre una larga trenza que luego enrolló sobre la parte de arriba de la cabeza, mi padre dio a mi hermano su tunica y pantalón blanco como símbolo de madurez y orgullo, para que luciera en la fiesta.
Por primera vez en mucho tiempo fuimos cogidos de la mano hasta los Ghats principales, podías palpar el espíritu de la gente que se apresuraba a llevar las enormes cestas llenas de polvos de todos los colores. Era un día donde todos se mezclaban con todos y las personas volvían a ser niños y a tirarse polvos entre ellos; n importaba si eras rico o pobre porque todos se unían para celebrar este día, el día de la felicidad. 
Antes de que me diera cuenta estaba cubierta por cara y cuerpo de color azul y rosa, mi sari antes verde ahora tenía trozos morados y rojos. Al alzar la vista solo pude ver una nube de todos los colores, fue como si el mundo se pusiera a cámara lenta y miles de partículas flotaran en el aire hasta posarse en alguna mano que en ese momento llenaba la cara de un desconocido con un verde tan vivo que recordaba a los tallos de las flores. No necesitaba nada más que ese instante para olvidarme del mundo.
Estaba dispuesta a inmortalizar todo: las caras de felicidad de la gente, los escalones de los Ghats cubiertos de colores como si fueran un gran mosaico, las ahora multicolores aguas del Ganges y las emociones que provocaba.




Un golpe seco me despertó de la ensoñación que reinaba en mi mente y en la habitación. Miré al suelo y vi el pesado manuscrito tirado boca abajo, hacía ya mucho rato que había dejado de leer y había empezado a soñar. Recordaba como una semana después mi madre me había levantado de la cama y me había llevado hasta el aeropuerto, me prometía otro futuro que yo podía elegir en Nueva Delhi. Simplemente no podía negarme a marcharme pero tenía miedo, mucho miedo. Aún ahora, veinte años después de aquellos días sentía la angustia en el pecho mientras veía a mi madre alejándose desde la ventanilla del avión. Nunca la llegué a preguntar cuánto tiempo había estado planeando eso ni si sabía las consecuencias que tendría volver a casa sola y enfrentarse a mi padre y a mi hermano. Puede que hasta sonrieran de placer al saber que no volverían a verme más.
Quizás algún día vuelva a Varanasi, esa ciudad donde convive la vida y la muerte en mil kilómetros cuadrados, donde cuentan los escritos que fundó el dios Shiva en la era de Kali para ser un centro religioso dedicado al dios Suriá del sol, donde miles de personas llenan de color los inacabables escalones de los Ghats, la única ciudad donde puedes pasear en barco y observas los rayos de sol a través de los números palacios casi destruidos que recuerdan a un esplendor pasado.
Era la ciudad sagrada de la que no puedes huir nunca, se te mete en la mente y en los sueños para recordarte lo que dejaste atrás.
Puede que un día vuelva, pero volveré para destruir ese muro que me impedía alcanzar el agua, volveré para acabar con los demonios que me siguen recordando que aún soy esa frágil niña de dos años que caminaba con una finísima rama de tulsi hasta el agua y a la que nadie quería escuchar. Volveré para contarle a la ciudad y a sus tradiciones que fui esa persona que se rebeló y a la que no pudo atrapar. Volveré para que todos vean que las cosas pueden cambiar que ningún muro debe frenarte y quitarte lo que quieres, si,  volveré.


FIN


PD: Esta ha sido la última parte de este relato, espero que os haya gustado, para mí ha sido uno de los que más me gustan desde que comencé a escribir. Ha sido todo un reto para mi y estoy muy orgullosa de él después de todas las horas y la búsqueda de información para contextualizarme. De nuevo muchas gracias a todos los que lo habeís leído, pronto llegarán más.