A
través del visor de mi cámara descubrí otro mundo; podía ver los azules
intensos del cielo, cada pequeño pájaro que sobrevolaba los tejados de la
ciudad, los mil y un colores de los saris de cada niña que jugaba a subir bajar corriendo los cientos de escalones de
cada ghat, podía ver las gotas de agua que marcaban el rastro de las mujeres
que salían de purificarse en el río y las arrugas de los sabios ancianos que
daban lecciones de fe en frente de la entrada a los templos. Recorrí calles y barrios,
tropecé con niños pequeños jugando y riendo, esquivé rickshaws con conductores
que pedaleaban a la velocidad de la luz y me perdí en aquella ciudad llena de
tradiciones y supersticiones, donde tan pronto te cruzabas con las coloridas y
alegres entradas de pequeños templos o con grandes pilas de madera preparadas
para incinerar a alguien.
Varanasi era un lugar donde venías a morir, mi
padre decía que si lanzaban tus cenizas al río Ganges llegaban al paraíso
inmortal y cesaban las reencarnaciones. Era un lugar donde te paran y te
bendicen con marcas de ceniza en la frente. Ese día me perdí en lugares por los
que nunca había paseado, pero en medio de todo aquel caos que era la ciudad
sagrada; me descubrí a mi misma.
Puede
que nunca llegue a recibir el tilak de mi padre el día de mi boda, puede que mi
madre nunca me dibuje multitud de estrellas y flores con henna el día antes, ni
que pueda verme reflejada con ese brillante sari rojo ni que llegue a ponerme
nunca un rakhi. Siempre había admirado a las hermosas novias de la india y
soñado con una boda tradicional repleta de bailes y música y el rostro decorado
con multitud de pequeñas piedras de brillantes colores. Ahora sabía que yo
necesitaba libertad y descubrir nuevos lugares y volver a perderme pero en
otros países como Tailandia o China, sabía que quería ser únicamente yo y dejar
de ser la niña de las ofrendas que se pasea por la ciudad pensando que ese es
su único destino.
Pasaron
los días sin casi darme cuenta, cada uno de ellos lo dedicaba a recorrerme la
ciudad y buscar nuevos lugares, cada uno de ellos había un momento inolvidable
que no podía dejar pasar y cada uno volvía a la tienda del señor Ravi a que me
diera otro carrete. Deje de ir a la escuela y empecé a aprender del mundo que
me rodeaba.
Sin
darme cuenta pasó una semana y llegó el festival del Holi. La noche anterior
cientos de personas salieron a la calle a observar la enorme y hermosa luna
llena y a preparar la gran fiesta de los colores. La gente salía de sus casas
para encender montones de pequeñas hogueras por las calles, las mujeres se
vestían con sus trajes más hermosos y los cabellos de las niñas se decoraban
con multitud de pasadores de alegres flores.
Todos
los años mi madre nos sentaba junto a una hoguera en el patio y nos contaba la
leyenda de la Holika Dahan donde la luz del fuego del bien vence sobre el mal.
Esa mañana me desperté pronto por culpa de la multitud de personas que corrían
gritando que la primavera ha llegado y que saliéramos a la calle. Mi madre se
recogió el cabello sobre una larga trenza que luego enrolló sobre la parte de
arriba de la cabeza, mi padre dio a mi hermano su tunica y pantalón blanco como
símbolo de madurez y orgullo, para que luciera en la fiesta.
Por
primera vez en mucho tiempo fuimos cogidos de la mano hasta los Ghats
principales, podías palpar el espíritu de la gente que se apresuraba a llevar
las enormes cestas llenas de polvos de todos los colores. Era un día donde todos
se mezclaban con todos y las personas volvían a ser niños y a tirarse polvos
entre ellos; n importaba si eras rico o pobre porque todos se unían para
celebrar este día, el día de la felicidad.
Antes
de que me diera cuenta estaba cubierta por cara y cuerpo de color azul y rosa,
mi sari antes verde ahora tenía trozos morados y rojos. Al alzar la vista solo
pude ver una nube de todos los colores, fue como si el mundo se pusiera a
cámara lenta y miles de partículas flotaran en el aire hasta posarse en alguna
mano que en ese momento llenaba la cara de un desconocido con un verde tan vivo
que recordaba a los tallos de las flores. No necesitaba nada más que ese
instante para olvidarme del mundo.
Estaba
dispuesta a inmortalizar todo: las caras de felicidad de la gente, los
escalones de los Ghats cubiertos de colores como si fueran un gran mosaico, las
ahora multicolores aguas del Ganges y las emociones que provocaba.
Un
golpe seco me despertó de la ensoñación que reinaba en mi mente y en la
habitación. Miré al suelo y vi el pesado manuscrito tirado boca abajo, hacía ya
mucho rato que había dejado de leer y había empezado a soñar. Recordaba como
una semana después mi madre me había levantado de la cama y me había llevado
hasta el aeropuerto, me prometía otro futuro que yo podía elegir en Nueva
Delhi. Simplemente no podía negarme a marcharme pero tenía miedo, mucho miedo.
Aún ahora, veinte años después de aquellos días sentía la angustia en el pecho
mientras veía a mi madre alejándose desde la ventanilla del avión. Nunca la
llegué a preguntar cuánto tiempo había estado planeando eso ni si sabía las
consecuencias que tendría volver a casa sola y enfrentarse a mi padre y a mi
hermano. Puede que hasta sonrieran de placer al saber que no volverían a verme
más.
Quizás
algún día vuelva a Varanasi, esa ciudad donde convive la vida y la muerte en
mil kilómetros cuadrados, donde cuentan los escritos que fundó el dios Shiva en
la era de Kali para ser un centro religioso dedicado al dios Suriá del sol,
donde miles de personas llenan de color los inacabables escalones de los Ghats,
la única ciudad donde puedes pasear en barco y observas los rayos de sol a
través de los números palacios casi destruidos que recuerdan a un esplendor
pasado.
Era
la ciudad sagrada de la que no puedes huir nunca, se te mete en la mente y en
los sueños para recordarte lo que dejaste atrás.
Puede
que un día vuelva, pero volveré para destruir ese muro que me impedía alcanzar
el agua, volveré para acabar con los demonios que me siguen recordando que aún
soy esa frágil niña de dos años que caminaba con una finísima rama de tulsi
hasta el agua y a la que nadie quería escuchar. Volveré para contarle a la
ciudad y a sus tradiciones que fui esa persona que se rebeló y a la que no pudo
atrapar. Volveré para que todos vean que las cosas pueden cambiar que ningún
muro debe frenarte y quitarte lo que quieres, si, volveré.
FIN
Enlace foto: http://www.bbc.co.uk/worldservice/assets/images/2010/01/15/100115163432_sp_galeria_afp_pongal_jue.jpg
PD: Esta ha sido la última parte de este relato, espero que os haya gustado, para mí ha sido uno de los que más me gustan desde que comencé a escribir. Ha sido todo un reto para mi y estoy muy orgullosa de él después de todas las horas y la búsqueda de información para contextualizarme. De nuevo muchas gracias a todos los que lo habeís leído, pronto llegarán más.
