Cuando
llegué al pequeño y frágil embarcadero del extremo de la ciudad ya casi era de
noche y empecé a correr hacia el puesto de flores más cercano. Normalmente
tenías a una mujer o un niño preparando las flores y sentados en el suelo sobre
un cojín, estas se colocaban por colores: naranja, amarillo, magenta, verde
selva y hasta alguna de un lila suave. Podías elegir las flores que más te
gustaban y te las ponían sobre una hoja enorme de palmera en forma de cuenco.
Mientras
atravesaba el barrio de Chowk me encontré entre un montón de gente gritando y
soltando juramentos sobre Shiva que yo nunca había oído. Entonces vi un objeto
plateado y brillante al lado de los pies de hombre alto con túnica roja, me
acerqué esquivando a las personas que llegaban corriendo desde uno de los Ghats
más cercanos e incluso a los pocos perros que ladraban agitados por el revuelo,
al final conseguí llegar hasta donde estaba ese objeto y cogerlo.
Nunca
había visto una cosa así: una pequeña caja sólo un poco más grande que mi mano,
parecía uno de esos rectángulos huecos que teníamos en clase para dar
matemáticas.
Por
una parte tenía una pestaña negra que si se levantaba abría la caja y podías
ver un montón de círculos alargados unidos entre sí, por la otra parte un
círculo hueco con un cristal redondo en el centro y un pequeño rectángulo
blanco en una esquina de arriba que me recordaba los pequeños trozos de manzana
que mi madre solía darme para cenar cuando era pequeña. Me quedé mucho tiempo
observando y tocando ese objeto sentada debajo de una de las farolas que
alumbraban la calle ahora vacía y cubierta de una densa oscuridad. En la parte
de arriba tenía una especie de botón negro como si fuera un timbre muy pequeño,
y otro círculo negro más grande a su lado, el cual estaba rodeado por salientes
que raspaba una y otra vez.
Al
final decidí guardarlo en uno de los bolsillos de la cartera del colegio y
caminar hacía casa. Cuando llamé a la puerta oí a mi padre venir con grandes
zancadas hacia ella, antes de que me diera tiempo a reaccionar la abrió de
golpe, tan fuerte que golpeó contra la pared y provocó que la gruesa madera
crujiera.
-¿Qué
horas son estas para llegar? ¡Sabes que debes estar aquí antes del anochecer!
Insolente y caprichosa es lo que es lo único que te han enseñado a ser… Ya lo
dijo mi madre que las niñas sólo traen problemas a una familia, ahora sabemos
por qué me quedé sin trabajo poco después de nacer tú, ¡¡sois como sanguijuelas
que no paran de quitarte la sangre!!- él me gritaba mientras yo intentaba
contener las lágrimas y no llorar antes su enfurecida mirada, era como la de
los cuentos de dragones; cuando el poderoso dragón está a punto de quemar viva
a su víctima acorralada. –Ningún hombre querrá casarse con una mujer como tú y
estarás deshonrada por el resto de tu vida- dijo inundado por la cólera
-Las
mujeres no necesitamos un hombre para vivir, hay muchas que viven solas sin
maridos- repliqué cabreada por las injustas tradiciones que aún regían esta
ciudad y este país.
-Y
entonces, ¿QUIÉN SERÁ EL QUE PAGUE LAS CIEN RUPIAS QUE CUESTA UNA INCINERACIÓN?
¿TÚ MISMA? ¿Te atreves a cuestionar nuestra cultura e intentar cambiarla? Shiva
dijo que debíamos seguirle en su camino a la paz y la fe, y ahora vienes tú,
una cría irrespetuosa de doce años ¿a contradecirle?- gritó esta vez consumido
por la ira que le provocaban mis palabras, las cuales rompían con sus reglas
sagradas y su poder sobre todo lo demás.
En
ese momento salí corriendo atravesando toda la casa hasta quedarme en una
esquina del patio, inundada por mis lágrimas y pensamientos, me quedé ahí
sentada tanto tiempo que ni recuerdo cuando amaneció. No quería levantarme ni
comer ni dormir; sólo quedarme allí en el pequeño refugio de mis brazos
rodeándome, sin pensar que algún día debería salir de él y enfrentarme al
destino que hace miles de años habían escogido por mí.
Con
doce años no podía hacer nada salvo bajar la cabeza y callar: aquí las niñas
somos una decepción, la ruina para sus padres y su familia y una carga de
cuidar y mantener si no nos casamos pronto. Llevaba muchas horas sin moverme
hasta que de repente unos brazos me agarraron fuertemente por los hombros y me
levantaron, estaba tan débil que tuvieron que arrastrarme hasta la pequeña
habitación que hacía de baño. Abrí los ojos cuando noté el agua húmeda por mi
rostro y unas suaves manos que me recorrían el cabello intentando soltar los
nudos que la trenza había creado. Ante mí pude ver una niña de tez oscura y
cabello color negro carbón que me miraba fijamente con unos grandes ojos verdes
rodeados por unos oscuros surcos y las mejillas ardientes coloreadas de rosa.
El pelo enmarañado lo soltaban unos ágiles dedos más claros que contrastaban
con la oscuridad de los mechones. Esa niña miraba fijamente los ojos reflejados
de la mujer que tenía detrás, sin saber porqué, buscaba una explicación en su
vacía mirada que se limitaba a guiar a los dedos.
Esa
bella mujer tuvo una vez la pasión reflejada en sus ojos, el deseo por vivir,
más tarde me confesaría su verdadera historia y su verdadero yo pero esa cálida
mañana de miércoles se limitó a preparar a su pequeña y frágil hija, con gestos
delicados la vistió y arregló por miedo a que se rompiera por fuera un poco más
de lo que estaba por dentro.
Una
vez fue la más hermosa por su piel clara y ojos esmeralda, sus padres la
pusieron de nombre Mallika porque su belleza recordaba al jazmín: una pequeña
flor blanca que destacaba entre todos los colores de las demás flores. Pero
ahora era la persona que me daba ese pequeño empujón y me acompañaba cogiéndome
de la mano hasta el embarcadero. Esa mujer cuyos ojos miraba fijamente mientras
el espejo robaba su imagen era mi madre.
Iba
caminando hacia el colegio cuando metí la mano en la cartera y encontré ese
raro objeto dentro que estaba ayer tirado en el suelo. Decidí probar suerte y
pulsar el negro botón pero solo oí un leve CLICK pero el objeto no había
cambiado. Después de varios intentos pensé que estaría roto pero mientras
buscaba un lugar donde tirarlo me encontré con una pequeña tienda que tenía una
gran foto del mismo objeto en el cristal de esta. A su lado ponía: “¡Adquiera la última cámara compacta del
mercado, con carretes intercambiables! Hasta le puedes poner un flash
fotográfico de nivel profesional”. Había visto imágenes de cámaras cuando lo
estudiamos en el colegio pero todas eran de artilugios enormes sujetados en
cuatro patas de metal alargadas y con un gran agujero separado de la caja por
un muelle negro cuando miraba al objeto que tenía en la mano no podía entender
cómo llevaba el mismo nombre, ¿Acaso eran tan poco originales los inventores
que tenían que copiar todos los nombres?
Tenía
mucha curiosidad por averiguar cómo funcionaba esta “cámara”, mi madre siempre
me decía que la curiosidad mató al gato cada
vez que me soltaba de su mano para mirar dentro de los templos o de las puertas
abiertas que dejaba la gente cuando volvíamos del mercado. Entré por la
acristalada puerta y me encontré con un espacio lleno de artilugios de
distintos tamaños: cámaras de muelles que hacían de recibidor al lugar y
multitud de estanterías con replicas en pequeño que comenzaban en el suelo y
llegaban hasta sitios a los que no alcanzaba ni de puntillas. Un señor con un
gran bigote negro y alargado asomaba por detrás de un mostrador de color
violeta y detrás de él se extendían filas llenas de pequeños tubitos negros con
números de muchos colores dibujados en su exterior.
-Buenos
días pequeña, ¿Estás perdida?- dijo el señor con una voz grave que me recordaba
a los tambores de tocaban al amanecer señores que meditaban a las orillas del
Ganges.
-No,
bueno solo quería darle esto que encontré, pensaba tirarlo porque no se para
que se usa- respondí posando sobre el mostrador la cámara.
-¡OH!
¡Shiva! No puedes tirarla, es una cámara Nikon, la primera que es tan pequeña
para guardarla en cualquier sitio, ¿Sabes cómo usarla?- asentí negativamente
con la cabeza- Bueno, yo te enseñaré, solo necesitamos un par de pilas y un
carrete- dijo sonriendo mientras se giraba y seleccionaba un tubito con letras
rojas y unas pequeñas pilas amarillentas.
El
señor del bigote empezó a manipular la cámara, la cual era más pequeña que la
palma de su mano. Cogió las pilas y las metió por un agujero que tenía la
cámara por debajo, después la abrió y comenzó a enredar con los varios chismes
y tubos negros que tenía la cámara dentro, jamás había visto a alguien abrir un
carrete de esos y sacar una tira marrón que parecía de plástico pero cuando
mirabas a través de ella podías ver todo teñido de ese color tierra. Cuando
terminó de ponerlo, la sacó y me ofreció otro carrete:
-Quiero
que este le pongas tú, no estaré yo siempre que se te acabe uno- dijo esperando
a que reaccionara y hubiera atendido a su demostración.
Tras
varios minutos intentando encajar correctamente todas las partes del carrete en
las diferentes piezas de la cámara conseguí colocarle correctamente. El señor
Riva, que así se llamaba, tras comprobar que había conseguido hacerlo con
éxito, cerró la tapa trasera con delicadeza y se acercó hasta donde estaba yo y
ponerse a mi altura.
La
cámara pesaba bastante ya que estaba hecha con un metal plateado, aunque la
parte de atrás, donde se abría, era negra. El señor Riva me dijo que el gran
círculo del centro era el objetivo por donde entraba la luz para hacer la foto,
el cual tenía escrito con letras muy pequeña unos números de color negro que se
usaban para saber si lo que quieres sacar está muy lejos o cerca; así la cámara
lo sabía y hacía una foto bonita, en vez borrosa como cuando miras al fondo del
río y ves las cosas movidas.
El
rectángulo blanco era el flash: servía para dar luz al hacer una foto de una
cosa a oscuras o de noche, y a su lado había otro rectángulo de cristal que
llegaba hasta la parte de atrás de la cámara, era para mirar a lo que quieres
fotografiar. Por arriba tenía el botón negro que se llama obturados y se
aprieta cuando vas a hacer la foto, este tenía debajo una pequeña palanca negra
que debía mover cuando quisiera pasar a hacer otra foto. Riva me dijo que debía
hacer todas las fotos, hasta que en el cuadrado de arriba saliera el número 30,
y volver donde él que sacaría las fotos del carrete marrón y me las daría.
De
vuelta a Varanasi en la barca me preguntaba como se podían sacar las fotos en
grande de la tira marrón que no tenía nada. Parecía algo mágico, me acordé del
verano que vinieron esos magos vestidos con altos sombreros grises y una
chaqueta que les llegaba casi hasta los pies, podían sacar animales del gorro y
monedas de detrás de las orejas de niños.
Cuando
llegó la barca al final de viaje empecé a hacer fotos a todo lo que veía,
recordaba las palabras del bigotudo señor Riva: “Debes hacer fotos a lo que quieras recordar para siempre”, decía
que las personas se olvidan de las cosas: de los amigos, de su ciudad e incluso
su casa, de las puestas de sol bonitas y hasta del pequeño cachorro blanco que
tenían de pequeños. Por eso debíamos hacer que el mundo entero fuera
inolvidable, imborrable y eterno.

