martes, 18 de junio de 2013

La Amapola Roja (4)

No no no no, esto no podía estar pasando. La revuelta que se avecinaba había despertado y los hombres corrían con sed de venganza y justicia. Al girarme vi a Alía en el suelo, en una esquina de un cruce de calles y vi que sangraba, lo había observado miles de veces mientras ayudaba a mi padre en casa, poco después todos se iban.
Pero ella no, no, ¿por qué? ¿Cómo puede haber un dios tan cruel que permita que un ángel así se vaya? ¿Cómo pueden habernos mentido tanto acerca de Alá, acerca de sus bondadosas acciones y su amor por todos? Cuando llegue hasta ella ni siquiera la brillaban los ojos, ni sus mejillas estaba ya rosas, la cogí la mano y le bese cada uno de los nudillos.
Entonces susurro mi segundo nombre, su nombre; Hassam, el bello y de debajo de su vestido saco una amapola roja con los pétalos aplastados por la caída y la poso sobre mi mano derecha a las veces que pronunciaba las palabras más hermosas que jamás olvidare: Te Amo.



Ahora recordaba cada momento de aquel día, pero no solo murió ella, una parte de mi dejo de latir en ese momento y desde entonces no volvió. La amapola la guardé debajo de mi almohada y cada noche, al dormir soñaba con que ella venía a buscar la mía, en el noviembre de 1031.