No
no no no, esto no podía estar pasando. La revuelta que se avecinaba había
despertado y los hombres corrían con sed de venganza y justicia. Al girarme vi
a Alía en el suelo, en una esquina de un cruce de calles y vi que sangraba, lo
había observado miles de veces mientras ayudaba a mi padre en casa, poco
después todos se iban.
Pero
ella no, no, ¿por qué? ¿Cómo puede haber un dios tan cruel que permita que un
ángel así se vaya? ¿Cómo pueden habernos mentido tanto acerca de Alá, acerca de
sus bondadosas acciones y su amor por todos? Cuando llegue hasta ella ni
siquiera la brillaban los ojos, ni sus mejillas estaba ya rosas, la cogí la
mano y le bese cada uno de los nudillos.
Entonces
susurro mi segundo nombre, su nombre; Hassam, el bello y de debajo de su
vestido saco una amapola roja con los pétalos aplastados por la caída y la poso
sobre mi mano derecha a las veces que pronunciaba las palabras más hermosas que
jamás olvidare: Te Amo.
Ahora recordaba cada momento de aquel
día, pero no solo murió ella, una parte de mi dejo de latir en ese momento y
desde entonces no volvió. La amapola la guardé debajo de mi almohada y cada
noche, al dormir soñaba con que ella venía a buscar la mía, en el noviembre de
1031.
No hay comentarios:
Publicar un comentario