Si, se podría decir que me enamore, nunca estuve muy seguro porque era la
primera vez pero la presión en el pecho no me engañaba, era amor. Ese día mi
padre me mandó a buscar agua y no volví a verla pero apareció cuando limpiaba
las herramientas, delicada y suave al mismo tiempo me rozó la mano y suspiró
profundamente antes de decir:
-¿Cual es el nombre de esos orificios rosas de ahí?-
Fueron las palabras más bellas que había escuchado nunca, también las únicas
que me había dicho una chica exceptuando mi madre y mi hermana.
-Vanos, son vanos y están rosas por la luz que se filtra a través de ellos-
-¿Luz? Rosa no suele ser la luz, hasta ahora no la había visto de ese
color-
-Algo que no has visto nunca no tiene porque ser imposible- Sorprendida
giro la cabeza para mirarme directamente con sus grandes ojos verdes.
-¿Cómo sabrás si es posible si no lo ves?-
-Fe- sonrió levemente y se dio la vuelta caminando hacia la carreta
estacionada a un par de metros. Volví a coger el escoplo y a seguir modelando
los trifolios en la piedra.
-¿Cómo va el trabajo?- Preguntó de repente, yo no me lo esperaba y me
sobresalté ligeramente en la silla.
-Bien-
-¿Te ocurre algo, querida? Te noto lejana-
-No, solo es que no me gusta estar en la ciudad, hay demasiada gente por
todas partes y no estoy acostumbrada- Eso era verdad, desde que llegamos a
Paris me quedo en la alcoba el día entero, leyendo o pintando.
-Si querida, demasiados pobres con las pezuñas largas- Casi lo gruño, en
vez de decirlo-Mañana volveré al palacete para resolver unos asuntos, ¿no te
importa no?-
-No te inquietes, saldré a buscar nuevos colores por el mercado- Me miró y
supe que se estaba enfadando, aunque no sabía que había dicho mal está vez
-Intenta que sean puros, no como la última vez-
Se levanto y se marchó. Últimamente estaba resultando muy común que cenara
sola en la antigua mesa de roble.
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