domingo, 22 de diciembre de 2013

The Golden Rose (3)

El comedor era grande, más que alunas casas próximas, las paredes estaban recubiertas con tapices de colores provenientes de las India, tenían figuras y animales exóticos, me gustaba especialmente el de la pared oeste; contenía grandes criaturas de color ceniza con orejas gigantescas y una extraña extremidad que le sobresalía de debajo de los ojos, unos grandes, redondos y brillantes ojos negros.
Ese animal me fascina, no sabía su nombre ni si existía de verdad, solo lo admirada mientras deslizaba la mano por su dibujo en la fina seda.

Sí, me encantaba ese salón, sobre todo al mediodía cuando el sol entrada directamente a través de las ventanas que en ese momento se descubrían de las telas que las tapaban. La luz y el color me apasionaba, la vida me apasionaba.

Cuando desperté a la mañana siguiente Roberto ya no estaba, le prometí ir al mercado pero el cielo era negro y unas gigantescas manchas ocultaban el sol. Sibil me ofreció el manto esmeralda, mi favorito; decorado con triángulos color ceniza sobre el fondo brillante. Fue mi primer regalo después del trato, cuando estábamos en Castilla, de donde era la madre de Roberto.
Castilla era un lugar sorprendente con grandes catedrales e iglesias por sus caminos. Las gentes eran amables, con grandes hoyuelos en las mejillas al sonreír y briznas enredadas entre  los cabellos seguramente porque algún vendaval levantó los restos de la paja que toda la mañana habrían tardado en recoger. De vez en cuando me gustaba imaginar la vida que llevaría las demás personas, por que corría un niño entre las casas o la razón por la cual una madre dejaba de barrer la puerta y entraba a la casa en un segundo. Cada persona es increíblemente sorprendente, si se pudiera descubrir su pasada, sus pensamientos, sus sentimientos…

Salí pronto de casa, la poca luz que había se ocultaba entre los edificios de la ciudad. Al llegar al mercado busqué con la mirada el puesto que desprendía los colores más brillantes y vivos que jamás había visto. Pasaba la mano por entre cada cajita llena de polvos: añil, cian, beige, carmesí e infinidad de plumas y cerdas de animal para pintar

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