El comedor era grande, más que alunas casas próximas, las paredes estaban
recubiertas con tapices de colores provenientes de las India, tenían figuras y
animales exóticos, me gustaba especialmente el de la pared oeste; contenía
grandes criaturas de color ceniza con orejas gigantescas y una extraña
extremidad que le sobresalía de debajo de los ojos, unos grandes, redondos y
brillantes ojos negros.
Ese animal me fascina, no sabía su nombre ni si existía de verdad, solo lo
admirada mientras deslizaba la mano por su dibujo en la fina seda.
Sí, me encantaba ese salón, sobre todo al mediodía cuando el sol entrada
directamente a través de las ventanas que en ese momento se descubrían de las
telas que las tapaban. La luz y el color me apasionaba, la vida me apasionaba.
Cuando desperté a la mañana siguiente Roberto ya no estaba, le prometí ir
al mercado pero el cielo era negro y unas gigantescas manchas ocultaban el sol.
Sibil me ofreció el manto esmeralda, mi favorito; decorado con triángulos color
ceniza sobre el fondo brillante. Fue mi primer regalo después del trato, cuando
estábamos en Castilla, de donde era la madre de Roberto.
Castilla era un lugar sorprendente con grandes catedrales e iglesias por
sus caminos. Las gentes eran amables, con grandes hoyuelos en las mejillas al
sonreír y briznas enredadas entre los
cabellos seguramente porque algún vendaval levantó los restos de la paja que
toda la mañana habrían tardado en recoger. De vez en cuando me gustaba imaginar
la vida que llevaría las demás personas, por que corría un niño entre las casas
o la razón por la cual una madre dejaba de barrer la puerta y entraba a la casa
en un segundo. Cada persona es increíblemente sorprendente, si se pudiera
descubrir su pasada, sus pensamientos, sus sentimientos…
No hay comentarios:
Publicar un comentario